André Maurois

(1885-1967) Seudónimo de Émile Herzog, biógrafo, novelista y ensayista francés.

Frases célebres

Es difícil crear ideas y fácil crear palabras; de ahí el éxito de los filósofos.

Si no quieres ser desgraciado trata a las catástrofes como a molestias, pero de ninguna manera a las molestias como a catástrofes.

El que puede prescindir del ser amado puede prescindir de todo.

Una ilusión eterna, o por lo menos que renace a menudo en el alma humana, está muy cerca de ser una realidad.

La confidencia descubre quién era o no digno de ella.

Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.

¿Qué hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz del espíritu.

En los inicios de un amor los amantes hablan del futuro, en sus postrimerías, del pasado.

Un matrimonio feliz, es una larga conversación que siempre parece demasiado corta.

Sólo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa.

La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta.

Es fácil hacerse admirar cuando se permanece inaccesible.

Un libro es un regalo estupendo, porque muchas personas sólo leen para no tener que pensar.

Lo bello es aquello que es inteligible sin reflexión.

El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.

Todo deseo estancado es un veneno.

El horizonte es negro, la tempestad amenaza; trabajemos. Este es el único remedio para el mal del siglo.

Los caprichos pueden ser perdonados, pero es un crimen despertar una pasión duradera para satisfacer un capricho.

El amor físico es un instinto natural, como el hambre y la sed; pero la permanencia del amor no es un instinto.

Las mujeres son como los caballos: hay que hablarles antes de ponerles las bridas.

El amor perfecto no existe, no más que un gobierno perfecto.

Sólo la incertidumbre mata los celos.

No decir más de lo que haga falta, a quien haga falta y cuando haga falta.

El primer deber del hombre es desarrollar todo lo que posee, todo aquello en que él mismo pueda convertirse.

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